Sexo |
La manera en que los occidentales vivenciamos la sexualidad se caracteriza por una doble distorsión: por un lado, la absoluta desacralización del acto sexual - y por otro, la ausencia de cualquier tipo de espiritualidad en torno a la experiencia. Se nos ha endilgado que el sexo está definitivamente reñido con la religión, y mediante esta simple operación, se agregaron en nuestras mochilas los ladrillos de culpa necesarios como para garantizar que, al menos en esta materia, nunca levantemos vuelo.
Por otra parte, y acaso como consecuencia lógica de lo anterior, nuestra época está signada por una obsesión casi histérica por el tema: el sexo atraviesa de modo permanente los medios masivos de comunicación, el cine y la publicidad, y en muchos casos se ha transformado en un deporte de competencia ( anoche me eché cinco…).Resultado: plaga de neurosis, trastornos múltiples, enfermedades, y además, un desconocimiento total de las potencialidades maravillosas implicadas en la sexualidad humana.
Lo que propone el tantra, en cambio, y de allí su carácter transformador, es que el sexo es uno de los caminos previlegiados de que disponemos las personas para experimentar la unión con la devinidad y nuestra participación como instrumentos en el gran concierto de la vida. Separando el orgasmo de la mera eyaculación, como instancias distintas, el tantra invita a extender por períodos muchos mas prolongados los momentos de éxtasis sexual, enseñando a movilizar las energías internas del cuerpo para la consecución de verdaderos orgasmos cósmicos.
De este modo, rodeando la sexualidad de un lado sagrado, el camino del tantra representa una oportunidad para sanar las heridas en este aspecto clave de nuestra experiencia humana, también, dependiendo de cúan lejos decidamos avanzar por esta senda, para incursionar en zonas impensadas de contacto con el placer y nuestro potencial como personas.

